26 noviembre, 2017

Baile en Plaza El Venezolano

Pues si, el viaje continúa y pude verlo frente a mí cuando ya no me desplazaba físicamente, sino cuando mis pies ya cansados se detuvieron impresionados.
Desde Altamira caminé a Sabana Grande, a las 6 de la mañana. Llegué a casa de mi hermana, con quien salí de nuevo para pasear a Jack Tudares, que viajaba frente a mí en vaivenes pueriles y hacia sobresaltar mi impresionable alma que teme a los perros. Y ni las historias echadas en el desayuno, ni las parejas disimiles que nunca veo en mi ciudadela, ni el clima de la capital que me permite soltarme el cabello todo el día, ni el ambiente del metro me habían hecho sentir que los viajes pueden revelarse en el tiempo.
No quería visitar ni bibliotecas ni librerías, pero alguien que me conoce me recomendó la librería-café "El techo de la ballena”, y por eso salí por la estación Capitolio, para no encontrar asiento ni precios que me convencieran. Así que con mi poco dinero decidí ir a buscar otro lugar dónde comer. Entonces escuché porros y guarachas de la orquesta Billo’s Caracas Boys. Habia gente aglomerada allí donde estaba la música. Estaba la gente –transeúntes– animada en torno a un espacio acordonado. Y dentro, sólo gente de la llamada "la tercera edad", de una variada gama de este momento vital: habian señoras orgullosamente escotadas, hombres con sombreros, mujeres con pasamontañas y señores con corbata y zapatos blancos de punta negra. Una mujer usaba guantes largos y otros hombres portaban camisa y saco, largos también. Bailaban animados, todos, con emoción, la vida de la plena luz del día. Digo la verdad, pueden preguntar. Allí habían muchos señores alegres, reunidos, y bailaban. Había una hermosa complicidad a las dos de la tarde.
Y los que estaban sentados, hombres y mujeres, aplaudían acompazando la música, sí,ellos a ella, porque el espíritu musical lo tenían ellos, inclusive los sentados bailaban con los ojos cerrados a veces. Con cada nueva canción, se cambiaban las parejas, pero la transición ocurría en el imperio de unos segundos sin música, pero bailados...y aplaudidos. La emoción era también de todos quienes estabamos esperando, quienes esperábamos algo. Qué alegría, qué sabroso ¿por qué estaban bailando allí? ¿ellos? No me preguntaba porque no tuvieran derecho, sino porque son otras cosas las que veo en las plazas. Y allí, tanto, y con los ojos cerrados. Tanta vida sentida allí, vida emocionada, alegre, que se desbordaba. La vida se reunió allí frente a mi, condensada, y la juventud de fuera del cordon celebraba la vida prolongada dentro del cordón. Y allí dentro los señores jugaban a las persecuciones, a los abrazos, a las seducciones y al careo del baile, sin que faltara la bella tensión facial de la sonrisa en los rostros.
Los padres jóvenes con hijos de brazos se acomodaban para asegurar su permanencia, mientras que sus hijos los miraban con incomprensión, queriendo irse. Y yo, queriendo saber el porqué, y claro, pregunté. Nadie me explicaba el acordonamiento, hasta que ví llegar a un joven, de unos 34 años, con aspecto de padre de familia, con un atuendo casual, pero que yo asemejo al de cowboy a juzgar por sus jeans, bota y camisa. Llegó con un botellón de agua a una mesa que estaba allí en el centro, y que no había notado antes. Repartió agua, los señores y señoras se hidrataron y se reanudo la música o el baile, tuve un lapsus auditivo quizás debido a una plenitud visual. El joven se veía contento y yo quería preguntarle, pero nunca lo alcancé. Desistí y me dediqué a disfrutar de ver bailar, no el cómo se baila ese género, sino el cómo ilumina el recuerdo que se vive y el movimiento que da vida.
El estómago me reclamó el tanto café negro y sentí hambre. Mas adelante, vi a una familia comiendo cachapas sentados en una jardinera, y pude preguntar algo, al fin. Me señalaron la esquina donde estaba el carrito de venta. Pregunté otra vez y eran ciento treinta. Uuuuf, tenía ciento veinte...y...y...conseguí un billetico de cinco por aquí y otro por allá. Menos mal que ya había comprado mi multiabono del metro. Y bueno, pedí mi cachapa, y hasta que me la dieron, vi preparar sistemáticamente unas quince en aproximadamente cinco minutos. Era como ver a un hombre tocando la batería. "Dios bendiga el trabajo y el bienestar que trae", pensé. Tuve mi cachapa y la llené de suero de leche, groseramente. Tome el plato y caminé un rato buscando un lugar para sentarme. Cruce la calle y me senté en la acera, cerquita de la Plaza El Venezolano (donde seguía celebrandose la vida), al lado de una señora pregonando el producto artesanal que vendía. Me deseó un buen provecho y yo le agradecí.
Allí estaba yo, con mis greñas sueltas, mi cara llena de suero de leche y mis pensamientos llenos de nostalgia y de impresiones transgeneracionales. Yo quería bailar con alguien, así, sabroso. La gente pasaba y me veía comer con hambre, yo creo, y me deseaba un buen provecho. Recordé con gratitud la cordialidad que viví cuando habitaba aquí. Me detuve para preguntar a la señora a mi lado qué era lo que vendía y tampoco le entendí. Ella tomó una servilleta y me limpió la cara tiernamente, como una madre, mientras me miraba como una madre mira a su pequeña hija querida. Cuando llegué a la segunda mitad de la cachapa, encontré un pelo. Mi pensamiento seguía en múltiples escenarios longevos, en intercambios de saberes en enseñanzas y en apropiaciones de formas de placer. Mientras tanto, oía a la señora sus pregones que yo no comprendía. Algún conjunto de teclas del piano altisonante de mi cabeza me susurró que yo a veces igual me comía las uñas y me chupaba los dedos. Y me prometí engordar en vez de morir de asco. Devolví el plato vacío al cachapero y viajé de regreso desde la estación La Hoyada.

Mandarina

Encerrada en su concha, que endureció hasta tener la consistencia del cuero, los gajos de mandarina se deshidrataron. El recipiente-concha se dejaba mostrar cada vez más oscuro y también voluminoso, como si en su interior no hubiera cambiado nada. Sospechaba de un proceso interno de putrefacción. Sin embargo, durante días, aproximadamente siete, no me apetecía y la dejaba verme cada noche llegar y dormir, y cada mañana, despertar y salir. O a mi lado, cada noche cuando me sentaba frente a su vecina, mi preferida, la computadora. No olía mal, pero aroma ninguno aroma me invitaba. La mandarina se deshidrató hasta hoy. La saqué hace una semana de la cartera que usé el día de mi cumpleaños. Decidí comerla, o ver si eso podía hacer. Luché para romper su cáscara gomosa y descubrí que era aún más maleable, tomaba la forma de mis dedos, de la tensión de mis esfuerzos por asirla, era menos rompible. Había perdido el aroma, porque su ruptura no implicó la explosión difusora de sus aceites aromáticos. Y bien, los gajos estaban dentro, aunque parecía estar vacía. Estaban plenos de su suave color vital, envueltos en sus fibrosas trenzas blancas, aunque pequeños, reducidos, si, deshidratados...y por tanto, concentraban el sabor ácido y dulce, más dulce que lo que la fruta hubiera sido si la hubiese comido más grande, más jugosa y más joven. Fue un placer corto y concentrado. Qué alegría que la fruta no solo sea causa material de su reproducción, sino causa eficiente de la vida humana, causa eficiente de ese instante de degustación. Yo creo que así son los pensamientos, las filosofías: compuestos orgánicos que se vuelven tanto más sencillos y sustanciosos cuanto más maduros y tendientes a la vida. Mientras crezco, jugaré con esta cáscara elástica...imagino que sin su hermeticidad y su humedad interna, se secará muy rápido, pero voy a aprovechar para tenerla en mis manos un rato y recordar que me pareció cuero, que me pareció piel humana, cuero: una envoltura completa, un tejido perfecto.

06 octubre, 2017

Voluntad de Fe (carta a dios)

Supongo que a tí debo
la belleza más abrumadora de los paisajes
Y con ello, la capacidad de asombro
y del desafío, fuerza de cambio;

También la de la inconformidad,
que hace de las cosas humanas
algo siempre perfectible ;

La alegría, que eterniza el instante
Y el miedo, que debilita la soberbia.
A tí, toda la plenitud de un refugio oportuno ;

Y la esperanza, que hace resurgir del desahucio ;
A tí, perdonarse, que quiere ser suficiente.

Debes ser eso que existe cuando ya no me basto,
pero también tuya una cosa que se vuelca:
la grandeza de un hombre,
que derrapa y empequeñece
todo en su curso.
Y que sólo detiene el dolor más puro.

Ay, si yo pudiera entender cuándo me perdonas
este mundo horrible.

Por eso deberé ser tu continente
y contenido.
O quizás lo seas tú, mi continente
y mi contenido.

Por eso pudiera yo confiar en mi prójimo
y tener el argumento
para confiar en mí
y en el volcamiento del mundo.

Amén.

01 octubre, 2017

Si eres un fantasma
y no sabes que lo eres.

Si eres un monstruo
porque das miedo.

Si crees que eres un monstruo
porque los perros te muerden asustados.

Si eres un monstruo porque
tus próximos lloran en un silencio
que se dilata en grito
de dolor
de hastío
y en confesión
por miedo
de la represión de tu mirada:

Vuélvete al espejo,
encuentra la señal de bondad
en tu fauce
y haz de ella
línea de expresión.

11 septiembre, 2017

Esta es mi casa


En mi casa, 
la cama es cuna;
la cocina alimenta,
la sala conversa
y el baño renueva.
Allí, el jardin
tiene la tierra donde clavo
mis dedos que florecen;
los niños son hijos y alegría,
y las ventanas muestran el mundo
desde el cielo.

Mi casa da la vuelta a la luna con sus huéspedes
y los estantes son patios.

Es mi hogar el de las penumbras
que son romances
y la conjunción de soledades,
pensamiento. 

Es mi casa la de la extensión del abrazo
a los umbrales del mundo,
del amparo y
de la nostalgia
sin solución de magia,
porque allí
la caricia es memoria,
la capacidad de amar, acto,
y el error sabe e ilumina.
 
En mi casa, el sol ardiente,
la lluvia agreste
y los vientos huracanados
son relatos de los antiguos.

07 septiembre, 2017

Voie vitale / Vía vital


J’ai envahi des routes, je m’en suis emparé de quelques unes.
Je les ai vécues, respirées, honorées et gardées.
Je les partage avec les autres qui les parcourent comme moi.
Et moi, comme tous ceux qui les apprecient, je maitrise ma foi
comme une verité simple et calme: la vie sachant que l’amour existe
nous donne des distances et itinéraires pour que le chemin soit
une fin en soi, un parcours permanent, une course en bicyclette,
une voie toujours fraîche.

Mina

He invadido rutas
y apoderado de algunas de ellas.
Las he vivido, respirado, honrado y conservado.
Las comparto con otros que las recorren, como yo.
Y yo, como todo aquel que las aprecia, domino mi fé
como una verdad simple y tranquila: la vida que sabe que el amor existe
nos da distancias e itinerarios para que el camino sea
un fin en sí, un recorrido permanente, un camino en bicicleta,
una vía siempre fresca.

25 agosto, 2017

Sobre el hogar

Mundo itinerante:
mi mirada es fija
y mi pie falible;
el techo da vueltas,
y los zapatos en la ducha
me dicen
que la lluvia se mete en el alma
si la memoria no ha aprendido
que los abrazos
los tengo que dar yo.

17 agosto, 2017

Al amparo del extravío

Quizás al amparo del día duerma olvidando las velas que lamentan verdades de penumbra. Quizás ya quiera que llegue la noche para revelarme y enfrentar a quien osa levantarse amenazante. Quizás pierda, quizás gane mañanas acumuladas en un rincón que consiga extraviadas, desviadas o esquivas. Quizás es que estuve ahorrándolas. O me las escondió un ángel revoltoso.

19 mayo 2011

11 agosto, 2017

Para vivir

La mañana no llega espontáneamente,
nunca.

Algo la empuja. Forzada, posee la ventana
y aviva mis pupilas de candela.

Yo mantengo los ojos cerrados, que rezan,
que murmuran una plegaria de sabotaje,
que vibran hasta convertir en voz
el cansancio del cuerpo,
la deuda de la víspera.

Si tengo una expectativa en el día arribado,
o en uno de los próximos,
o si bien he descansado bien,
arranco a recorrer el mundo,
a percibir aromas que comienzan en café.

10 agosto, 2017

canto a la vida y a la muerte

Hoy enero, canto a la vida y a la muerte. No están cegadas las entradas
ni las salidas, pero la marcha es incierta. Celebro la muerte, no sé
si como cambio, y la vida, no sé si como transformación
del polvo.

A la vida, canto, porque mis amigos cumplen años. Y a la muerte,
porque, con dolor recogió al hermano de un amigo.
y repartió un café cargado de insomnio y de
canela.

A la vida porque yo sonreí bien y grande,
porque tuve un instante de esperanza
y porque creí.

A la muerte, porque es más cierta
porque ya dejó de resbalar
porque claramente
hizo silencio.

Calma.





27 julio, 2017

Discurso del desvelado*


I
Con el peso de la faena diurna, cayó la noche desesperada, triunfando sobre naranjas y cardenales matices celestiales, hasta deslastrar su más absorvente azul marino perforado.
Sin temer, del cansancio al sueño, distintas almas se entregaron al descanso. Bajo la luna yacían los románticos, los vigilantes, los galenos y yo, a quien la noche mostraba su fauce más común, la más profunda y ambiciosa, la que al final de la vigilia, intenta despertarnos desde la ocuridad de la imaginación, desde la oscuridad de un rincón. La que, como a una cebolla, destapa las capas de nuestra tranquilidad hasta la desesperación, el agotamiento y el hipnotismo; quien, como la sequia, cuartea nuestra arcillosa integridad, desde los espacios abiertos, hasta enclaustrarnos en una inmensa desolación; la que, en la intimidad, grita a despertar a los ausentes.


II
No tenemos a quien acudir cuando el perfume de las sombras invade nuestro hogar poblado de multitud de seres acostumbrados a la visita de dos mundos: el sueño y la vigilia, que, en fin, es uno solo, pues quien duerme, muere en la luz del día para regresar a ella sin reparos.
No sé si jactarme de conocer los dos reales distintos mundos, la noche y el día, pero de hecho los conozco, he estado con uno y con otro en la intimidad ¿Podrá llamarse promiscuidad conciliar con ambos con tanta frecuencia?
Lo que sin duda sé es que les soy fiel, soy constante. Los visito con alegría, con pena, con tristeza, y también sin emoción alguna. Es decir, me cito con ellos separadamente, por supuesto, en un estado de morboso aislamiento, y nuestro encuentro entonces resulta insípido para mí, pero creo que estos son los que más placen a ellos.
Creo que ninguno de los dos conoce mi alterno encuentro, ya que en ciertas oportunidades, paso de la visita de uno a otro, quizás sin dejo alguno de mal humor o cansancio, y a veces, si sucedía esto último, se lo adjudicaban a mi trabajo, o a mis deberes, disculpándome así hasta de conductas absurdas.
Resulta increible que ninguno sospecha del otro, y hasta podría concluir que no les importa, pues de importarles hubiesen sido menos condescendientes y me hubieran hecho decidir: ¡O el uno o el otro! Hasta destruir la relación.
Conscientemente puedo decir que no me place esta birrelación, me parece absurda y, sin embargo, la continúo automáticamente, no me doy cuenta de haber realizado todo el procedimiento previo que supone ya estar en el lugar de nuestro encuentro. Digo que es como parpadear, como moverse bruscamente cuando algún insecto nos pica, como rascarse la cabeza, tragar, escuchar. No necesitamos una orden consciente para ello.
La gama de placeres que me brinda cada uno es muy variada. Cosas extrañas e interesantes de ambos recibo, pero me asustan análogamente: a veces uno se mueve con destello, encandilándome, y el otro murmura en un tono grave, intinteligiblemente.
Amo a cada uno en sus fundamentales diferencias. Odio a ambos en sus ideas, en su esencia. El uno, el deber, el trabajo, y en otro, el sueño, el descanso.

III
Mis manos ávidas del palpar calor sólo sienten la ausencia de quien huye y la tibieza de un lugar recién dejado. La punta de mis dedos reciben las texturas más disímiles sin novedad, pero con ansiedad de conocimiento ¡Si tan sólo tocara una piel ávida y de sedosos vellos! Pero, en su lugar, el agónico vacío.
Insisto en tocar las superficies queriendo hallar en ellas la sensibilidad de otro con objetivo semejante.
Sueño despierta hasta el insomnio, adivinando mi porvenir, quién será, si vendrá, si estará tan lleno de alegría para dar o tan vacío de ello para recibir. No entiendo, es un sentimiento necio, sin respuesta ¿Habría la providencia dispuéstolo así de manera que pueda sorprenderme? ¿Con qué?


IV
No hago sino tocar la superficie de mi alma para lastimarla con la vieja retórica del aislamiento para más aislamiento ¿Cómo puedo tocar entonces el alma de otros si carezco de miembros?


V
Mi boca se mueve y no emito sonido alguno, lo que desforma mi seriedad y expone ridículamente mi posición a otros.
Veo mis labios moverse sin mensaje alguno más que el de la autodesaprobación. Sólo transmito inseguridad aún estando en mi interior muy firme en mis convicciones.


VI
Hoy ya estoy completamente invadida por la desesperación y por insomnio, quien se ha ocupado de habitar mi cuerpo, olvidando que existen otros. Quizás resulte egoista, pero egoista es el insomnio al no alejarse y dejarme respirar.
Parece gracioso, pero a veces pienso que la gente desperdicia el tiempo durmiendo, aislándose del mundo.
Me he visto despierta yaciendo colgada de mi corbata favorita de mariposas, para encontrar descanso en algún lugar, pero temo caer en el séptimo círculo, temo que mi castigo sea, no un sueño eterno, sino la vigilia. Temo no morir para vivir como castigo.


VII
El verano más recalcitrante ha invadido mi húmedo y podrido ego, volviéndolo polvo. Una brisa caliente lo esparció por todos lados.
Hasta ahora había eso sucedido a pocos, y lograba recuperarme con pura voluntad de esperanza, pero sin sucesos que adelantasen algo sobre el buen futuro de los acontecimientos, como la sed que no se calma, pero se olvida en el camino asoleado, si conocemos dónde nos satisfaceremos.
Demorada o prontamente se puede cavilar acerca de la posibilidad que tal fuente se haya secado, y se desespera sin remedio, sin calma alguna.
¿Por qué caminar por gusto en el desierto sin cargar agua? ¿Por qué ya seguros que tal campo es totalmente seco nos arriesgamos a seguir caminando? No tiene sentido puro, pero si el llamado “sentido común”.
¿Por qué no dejar verter nuestro liquido interno y humedecer el tan hacinado desierto? ¡Humedezcámoslo! propongo ¿Por qué crear nuevos seres que lo experimenten?
Errar así es de locos y de la más grande inopia de dignidad.
No hallar el más mínimo placer celestial sin recurrir al demonio, a la gula, al ocio, a la lujuria, es contradictorio ¿realmente llegaríamos a nuestro propósito celestial y puro si en el camino no hubiesemos calmado la sed con tales diableces?
No soy ferviente cristiana, pero ya mi interés por lograr mis objetivos es nulo y actúo por inercia, como quien camina en una gran multitud: es arrastrado y sofocado por el inerte colectivo, pero continúa, como el jadeante, que debe continuar respirando aunque esté cansado de hacerlo, aunque resulte cada vez más trabajoso, aunque duela la cabeza, finalmente no se trata de dejar de respirar.


VIII
El día, porque llega despiadado, brilla en mis ojos odiosamente. Como a través de un velo blanco, vea los ásperos y vehementes movimientos exteriores. Las brillantes vocecillas femeninas, los vibrantes murmullos masculinos recibo displicentemente. No culpo a la luz del día, sino al anochecer por llegar, por hacerme conocerlos de esa forma, por sacrificarme para ver la luz.


XIX
He roto una relación, el desierto se ha humedecido.


(*) Ganador del Premio Especial del Primer Concurso de Cuentos de la División de Autodesarrollo de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de La Universidad del Zulia- LUZ. Abril de 1999.

     Este fue mi primer escrito en mi vida de producción poética, lo primero que escribí. Alguien lo leyó y me sugirió que siguiera escribiendo. Hoy me parece un poco naïf, pero es mío.

20 julio, 2017

Después de esta mañana estirada, larga hasta media tarde, convaleciente de tormentas lejanas y acordonada de lluvias y lloviznas, se corrió el telón y la mirada mía fue libre. Libre de ver el rostro sereno, profundo y genuinamente verde de la montaña con nombres.
El Ávila frente a mí; El Waraira Repano: horizonte erguido; la compañía perenne y discreta, se despierta y emerge de entre las nubes, como el sol y con él. Y yo, miniatura.

16 marzo, 2017

De mis espacios

Tantos espacios, tantos he dejado invadir.
Las montañas, por no poder arribar a ellas.
Las playas, por no disfrutarlas,
como otros hacen, montones de otros.
Las ciudades, por estar invadidas como colmenas,
de trabajo/empleo y conductismo.
Pero los pueblos están llenos también,
de estados emocionales viejos,
de esperanzas ahumadas
y de paisajes de redención.

Y el espacio mío, en el tiempo, es lo mismo.
La creación más básica de fracciones de un lugar signficativo,
de un momento espacial,
una pléyade de ideas sobre el hogar, los ritos y la congruencia;
fallas que descansan sobre la expectativa de la complicidad,
coincidencias que quiero como señales divinas.

Ya no puedo instituir una espera basada en las medidas del tiempo,
que comienza o termina,
sino en mi movimiento propio.

Motus proprio me arrojo:
Esquilmar mi imaginación con proyectos de plazos
cortos, medianos, largos;
reacciones positivas a eventos adversos y
socavar la carne hacia los templos internos, y hallarlos.
Tenderme trampas,
pero no las comunes y fáciles, sino inventarlas,
y elaborar, ad baculum,
nexos entre la vida y la plenitud.

09 marzo, 2017

al farol, a la contigüidad

Una ventana es a la penumbra lo que una fisura es a la presión. Un preludio de agonía tiene en la espera del paisaje un evitamiento. Mi cuarto no tiene una puta ventana que no muestre sólo nubes, como si estuviera tan sólo flotando en el mar. Es lo humano, el prójimo, aunque en solitario; el farol en la lejana montaña, lo que hace de un territorio, canto. Y, aunque sea desesperado, puede que sea semejante, por segundos, al menos: esperanza de contigüidad, de semejanza, de sociedad, de identidad. Y si ese farol luego se apaga, creeré que hubo una calma, una paz que pudo más que el corazón ardiente, penitente o vagante.

08 marzo, 2017

Vista al Ávila

Montaña robusta entre pensamientos, cuerpo expuesto, delirios olvidados, expectativas de asombro, fines adosados al infinito, espalda al mar. Bello Monte crece mirado, y yo solo soy un balcón entre brisas frías en la mañana temprana. Yo quiebro la sed con café en mi regazo y en mis labios. Tiemblo agradecida con la caricia de este silencio que me ilustra.
1 febrero 2017

24 febrero, 2017

POEMA EN REPROCHE (poema viejo y lamentable)


Hambre en un lugar desierto. Se sabe que se puede soñar, dilapidar arena y dolores.

Yo no sé si detrás de la ventana, donde el perro ladra, haya alguien que lo escuche con atención, pero yo, aquí, siento sólo que él rompe el aire de la noche. Y pensar que he querido doler, hacer mella, hundir, segregar.
Y pensar que me he ensañado sin pena y con mis propias uñas; que he dejado de pensar en lo que está más allá de tres días, para sufrir penas presentes y acumular pasados ingratos.
...que he sabido escupir fuego, estaciones y estrellas marchitas ya…y me he encerrado en caracoles llenos de telarañas y quimeras; que he comido flores y que también las he digerido, después de masticarlas destructivamente; que guardo ‘peros’ y ‘sin-embargos’; que agarro y me apropio de piñatas baratas y que rumio peleas con quienes amo, rompiendo la inercia del amor.
...que he querido hablar para ser escuchada, bailar para ser vista, pero no me he mirado yo misma, ni visto. Que he sido más capaz de simbolizar el dolor que el amor más puro y que me entiendo asfixiada de ansiedad; que no he construido mucho, sino muy poco para disponer junto a mí, junto a mi cama.
Y...pensar que la simbolización de lo bueno ha sido no más que falta de fé...que soy dañina y que no me conformo con ser humana, pero, por eso mismo, por ser humana.
Que pienso, pero que antes ya estaba haciendo, que soy acto, pero potencia pura también y eso es un continuo. Que mis reproches se jodieron y joden...que me invento nuevas quimeras, porque se muere y se nace, y al contrario.
Carmen Hinestroza Álvarez (mayo 2014)