La mañana no llega espontáneamente,
nunca.
Algo la empuja. Forzada, posee la ventana
y aviva mis pupilas de candela.
Yo mantengo los ojos cerrados, que rezan,
que murmuran una plegaria de sabotaje,
que vibran hasta convertir en voz
el cansancio del cuerpo,
la deuda de la víspera.
Si tengo una expectativa en el día arribado,
o en uno de los próximos,
o si bien he descansado bien,
arranco a recorrer el mundo,
a percibir aromas que comienzan en café.
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