26 noviembre, 2017

Baile en Plaza El Venezolano

Pues si, el viaje continúa y pude verlo frente a mí cuando ya no me desplazaba físicamente, sino cuando mis pies ya cansados se detuvieron impresionados.
Desde Altamira caminé a Sabana Grande, a las 6 de la mañana. Llegué a casa de mi hermana, con quien salí de nuevo para pasear a Jack Tudares, que viajaba frente a mí en vaivenes pueriles y hacia sobresaltar mi impresionable alma que teme a los perros. Y ni las historias echadas en el desayuno, ni las parejas disimiles que nunca veo en mi ciudadela, ni el clima de la capital que me permite soltarme el cabello todo el día, ni el ambiente del metro me habían hecho sentir que los viajes pueden revelarse en el tiempo.
No quería visitar ni bibliotecas ni librerías, pero alguien que me conoce me recomendó la librería-café "El techo de la ballena”, y por eso salí por la estación Capitolio, para no encontrar asiento ni precios que me convencieran. Así que con mi poco dinero decidí ir a buscar otro lugar dónde comer. Entonces escuché porros y guarachas de la orquesta Billo’s Caracas Boys. Habia gente aglomerada allí donde estaba la música. Estaba la gente –transeúntes– animada en torno a un espacio acordonado. Y dentro, sólo gente de la llamada "la tercera edad", de una variada gama de este momento vital: habian señoras orgullosamente escotadas, hombres con sombreros, mujeres con pasamontañas y señores con corbata y zapatos blancos de punta negra. Una mujer usaba guantes largos y otros hombres portaban camisa y saco, largos también. Bailaban animados, todos, con emoción, la vida de la plena luz del día. Digo la verdad, pueden preguntar. Allí habían muchos señores alegres, reunidos, y bailaban. Había una hermosa complicidad a las dos de la tarde.
Y los que estaban sentados, hombres y mujeres, aplaudían acompazando la música, sí,ellos a ella, porque el espíritu musical lo tenían ellos, inclusive los sentados bailaban con los ojos cerrados a veces. Con cada nueva canción, se cambiaban las parejas, pero la transición ocurría en el imperio de unos segundos sin música, pero bailados...y aplaudidos. La emoción era también de todos quienes estabamos esperando, quienes esperábamos algo. Qué alegría, qué sabroso ¿por qué estaban bailando allí? ¿ellos? No me preguntaba porque no tuvieran derecho, sino porque son otras cosas las que veo en las plazas. Y allí, tanto, y con los ojos cerrados. Tanta vida sentida allí, vida emocionada, alegre, que se desbordaba. La vida se reunió allí frente a mi, condensada, y la juventud de fuera del cordon celebraba la vida prolongada dentro del cordón. Y allí dentro los señores jugaban a las persecuciones, a los abrazos, a las seducciones y al careo del baile, sin que faltara la bella tensión facial de la sonrisa en los rostros.
Los padres jóvenes con hijos de brazos se acomodaban para asegurar su permanencia, mientras que sus hijos los miraban con incomprensión, queriendo irse. Y yo, queriendo saber el porqué, y claro, pregunté. Nadie me explicaba el acordonamiento, hasta que ví llegar a un joven, de unos 34 años, con aspecto de padre de familia, con un atuendo casual, pero que yo asemejo al de cowboy a juzgar por sus jeans, bota y camisa. Llegó con un botellón de agua a una mesa que estaba allí en el centro, y que no había notado antes. Repartió agua, los señores y señoras se hidrataron y se reanudo la música o el baile, tuve un lapsus auditivo quizás debido a una plenitud visual. El joven se veía contento y yo quería preguntarle, pero nunca lo alcancé. Desistí y me dediqué a disfrutar de ver bailar, no el cómo se baila ese género, sino el cómo ilumina el recuerdo que se vive y el movimiento que da vida.
El estómago me reclamó el tanto café negro y sentí hambre. Mas adelante, vi a una familia comiendo cachapas sentados en una jardinera, y pude preguntar algo, al fin. Me señalaron la esquina donde estaba el carrito de venta. Pregunté otra vez y eran ciento treinta. Uuuuf, tenía ciento veinte...y...y...conseguí un billetico de cinco por aquí y otro por allá. Menos mal que ya había comprado mi multiabono del metro. Y bueno, pedí mi cachapa, y hasta que me la dieron, vi preparar sistemáticamente unas quince en aproximadamente cinco minutos. Era como ver a un hombre tocando la batería. "Dios bendiga el trabajo y el bienestar que trae", pensé. Tuve mi cachapa y la llené de suero de leche, groseramente. Tome el plato y caminé un rato buscando un lugar para sentarme. Cruce la calle y me senté en la acera, cerquita de la Plaza El Venezolano (donde seguía celebrandose la vida), al lado de una señora pregonando el producto artesanal que vendía. Me deseó un buen provecho y yo le agradecí.
Allí estaba yo, con mis greñas sueltas, mi cara llena de suero de leche y mis pensamientos llenos de nostalgia y de impresiones transgeneracionales. Yo quería bailar con alguien, así, sabroso. La gente pasaba y me veía comer con hambre, yo creo, y me deseaba un buen provecho. Recordé con gratitud la cordialidad que viví cuando habitaba aquí. Me detuve para preguntar a la señora a mi lado qué era lo que vendía y tampoco le entendí. Ella tomó una servilleta y me limpió la cara tiernamente, como una madre, mientras me miraba como una madre mira a su pequeña hija querida. Cuando llegué a la segunda mitad de la cachapa, encontré un pelo. Mi pensamiento seguía en múltiples escenarios longevos, en intercambios de saberes en enseñanzas y en apropiaciones de formas de placer. Mientras tanto, oía a la señora sus pregones que yo no comprendía. Algún conjunto de teclas del piano altisonante de mi cabeza me susurró que yo a veces igual me comía las uñas y me chupaba los dedos. Y me prometí engordar en vez de morir de asco. Devolví el plato vacío al cachapero y viajé de regreso desde la estación La Hoyada.

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