26 noviembre, 2017

Mandarina

Encerrada en su concha, que endureció hasta tener la consistencia del cuero, los gajos de mandarina se deshidrataron. El recipiente-concha se dejaba mostrar cada vez más oscuro y también voluminoso, como si en su interior no hubiera cambiado nada. Sospechaba de un proceso interno de putrefacción. Sin embargo, durante días, aproximadamente siete, no me apetecía y la dejaba verme cada noche llegar y dormir, y cada mañana, despertar y salir. O a mi lado, cada noche cuando me sentaba frente a su vecina, mi preferida, la computadora. No olía mal, pero aroma ninguno aroma me invitaba. La mandarina se deshidrató hasta hoy. La saqué hace una semana de la cartera que usé el día de mi cumpleaños. Decidí comerla, o ver si eso podía hacer. Luché para romper su cáscara gomosa y descubrí que era aún más maleable, tomaba la forma de mis dedos, de la tensión de mis esfuerzos por asirla, era menos rompible. Había perdido el aroma, porque su ruptura no implicó la explosión difusora de sus aceites aromáticos. Y bien, los gajos estaban dentro, aunque parecía estar vacía. Estaban plenos de su suave color vital, envueltos en sus fibrosas trenzas blancas, aunque pequeños, reducidos, si, deshidratados...y por tanto, concentraban el sabor ácido y dulce, más dulce que lo que la fruta hubiera sido si la hubiese comido más grande, más jugosa y más joven. Fue un placer corto y concentrado. Qué alegría que la fruta no solo sea causa material de su reproducción, sino causa eficiente de la vida humana, causa eficiente de ese instante de degustación. Yo creo que así son los pensamientos, las filosofías: compuestos orgánicos que se vuelven tanto más sencillos y sustanciosos cuanto más maduros y tendientes a la vida. Mientras crezco, jugaré con esta cáscara elástica...imagino que sin su hermeticidad y su humedad interna, se secará muy rápido, pero voy a aprovechar para tenerla en mis manos un rato y recordar que me pareció cuero, que me pareció piel humana, cuero: una envoltura completa, un tejido perfecto.

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