Después de esta mañana estirada, larga hasta media tarde, convaleciente
de tormentas lejanas y acordonada de lluvias y lloviznas, se corrió el
telón y la mirada mía fue libre. Libre de ver el rostro sereno, profundo
y genuinamente verde de la montaña con nombres.
El Ávila frente a
mí; El Waraira Repano: horizonte erguido; la compañía perenne y
discreta, se despierta y emerge de entre las nubes, como el sol y con
él. Y yo, miniatura.
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