Se presentó en mi cuarto un huésped de intriga, un demonio de verdad que habla con pujos y sonidos agudos la letra de la sospecha, y me mostraba, en los rincones, los rastros de la farsante bondad de mi hermano. Me los mostraba, me los mostraba señalando con sus dedos largos y torcidos, manchados por el sol de los campos petroleros. Me enseñaba las imágenes en la vastedad de la locura, emitiendo esos sonidos extraños que aún bullen en los recuerdos de mis meditaciones nocturnas. Enloquecí de dolor por las traiciones recién descubiertas, lamenté la ingenuidad de mis actos y la ausencia de poder inquisitivo y lloré a gritos tan fuerte como apretaba mis ojos creyendo que podía cegarlos. Pero cuando los abrí, aún con terror, ya no estaba, habiendo dejado un silencio penumbroso.
Cada día temo a mi habitación y al silencio que antes amaba, pero no me atrevo a cantar para romperlo. La audacia ya no es para mí. En cambio, la duda me persigue desde la entrada hasta el umbral de mi alcoba, y asimismo me empuja a su interior. Al bajar la vista, me colma la emoción venenosa de su aparición súbita y soy esclava de la imagen que suya puede presentarse a mi visión periférica. ¡No, no sin que yo lo advierta!
Pero he llegado hoy sin pensarlo y me esperaban sus ojos de mórbida quietud y, aunque monstruosos se dirigían a mi, no hubo en ellos la dureza anterior, sino un espumoso temor trémulo. Y viene, me sorprende en mi habitación, ahora también mostrándome debilidad, y confiesa, tras meses de engaños, las culpas que señalaba a mis congéneres. No me atreví a botarlo a gritos de allí, por compasión. No era temor. Y cuando mis ojos bajaron en un gesto de disculpa sin resentimientos, me sentí caer en su vacío friable y mis oidos ya no escucharon sus gruñidos, sino una tormenta intensa que me arrastraba en la oscuridad, hasta llegar a los hediondos puertos donde mis pensamientos se ahogan en la eternidad.
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