Traje conmigo fantasmas reptando desde lejos
mientras huía de allá,
donde todos ignoran su vida.
Y se tendieron ellos en el piso blanco de mi apartamento,
arrastrándose y tomándome de los pies,
como cadenas.
Vuelo cada mañana lejos del silencio
que me permite escucharlos
y recordar sus lechos
tímidos de espera.
Para volver,
anochece con el ruido
que hago a propósito,
hasta que se cansan mis extremidades.
Y para descansar,
llego al calabozo de mi catre,
latiendo murmullos de perdón al día,
vaciando mi miedo en parpadeos,
para desnudar la animalidad de mi sueño.
Me enmarco en el colchón, mi barca,
sin asomarme a la marejada que flota a mi alrededor
y que arrastra a la vida que me celebra e invita con compases lentos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario