El balcón es la
entrada.
Ruidos, estertores,
gritos y armonías
llegan a mí.
Mi petición es
simple:
que la nada no pueda
trepar y acabar con el devenir,
que la agonía deje
escuchar el gemido del tiempo,
el dolor se presente
para marcar
y no se convierta en
monotonía.
Venga a mí una coraza de mariposas,
suceda una
revelación de silencio.
Sea el
deslumbramiento una explosión de epifanías
y la vida secrete la
sangre del verbo.
Así podríamos todos,
cada uno,
ser dioses.
Pero que no nos
amen,
que sepan dejarnos.
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