Peleo al mar la suerte infatuante
de la desesperanza.
Al viento, los mares secos
de mi falta de fé.
Anclé en tierra miles de abusos
que a la vida fueron profanados
y contagiaron la muerte a la verdad.
Desdeñé el favor limpio de un demonio
que quería libertad,
por impía.
Y dejé de querer sin razón a un ángel,
por vergüenza de mi cuerpo,
por incertidumbre.
Y ahora sé que me rindo
sin más
A los vacuos pretextos del error
A la vanidad
Al tribunal de tus ojos
Y a la carta cierta de tu voz,
Sabiendo que desdigo de mi ego,
de mi voluntad perfecta
y del sosiego,
teniendo que amordazar mi sueño insensato
con tu mano, que dirige el silencio tenso y contenido
de un ensayo
que bosqueja vidas con sus callos
que ensaya el azar y su belleza,
la piel y su naturaleza.
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