Algún atardecer que se ha tragado la noche, atrae todos los juncos que cuelgan en este patio junto a mi columpio.
Si están pendiendo, lánguidos e inmóviles, apenas temblando por una tenue brisa que desconoce la oscuridad, es porque es un lugar que ha sepultado los recuerdos y ha expulsado la vida activa que respira todos los días.
El columpio, trémulo y húmedo de lluvias y chubascos, ajeno al calor y al contacto infantil, se desdibuja en corrosión y moho. Ahora, quizás más tarde, tal vez al alba, sea árbol de nuevo.
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