27 julio, 2017

Discurso del desvelado*


I
Con el peso de la faena diurna, cayó la noche desesperada, triunfando sobre naranjas y cardenales matices celestiales, hasta deslastrar su más absorvente azul marino perforado.
Sin temer, del cansancio al sueño, distintas almas se entregaron al descanso. Bajo la luna yacían los románticos, los vigilantes, los galenos y yo, a quien la noche mostraba su fauce más común, la más profunda y ambiciosa, la que al final de la vigilia, intenta despertarnos desde la ocuridad de la imaginación, desde la oscuridad de un rincón. La que, como a una cebolla, destapa las capas de nuestra tranquilidad hasta la desesperación, el agotamiento y el hipnotismo; quien, como la sequia, cuartea nuestra arcillosa integridad, desde los espacios abiertos, hasta enclaustrarnos en una inmensa desolación; la que, en la intimidad, grita a despertar a los ausentes.


II
No tenemos a quien acudir cuando el perfume de las sombras invade nuestro hogar poblado de multitud de seres acostumbrados a la visita de dos mundos: el sueño y la vigilia, que, en fin, es uno solo, pues quien duerme, muere en la luz del día para regresar a ella sin reparos.
No sé si jactarme de conocer los dos reales distintos mundos, la noche y el día, pero de hecho los conozco, he estado con uno y con otro en la intimidad ¿Podrá llamarse promiscuidad conciliar con ambos con tanta frecuencia?
Lo que sin duda sé es que les soy fiel, soy constante. Los visito con alegría, con pena, con tristeza, y también sin emoción alguna. Es decir, me cito con ellos separadamente, por supuesto, en un estado de morboso aislamiento, y nuestro encuentro entonces resulta insípido para mí, pero creo que estos son los que más placen a ellos.
Creo que ninguno de los dos conoce mi alterno encuentro, ya que en ciertas oportunidades, paso de la visita de uno a otro, quizás sin dejo alguno de mal humor o cansancio, y a veces, si sucedía esto último, se lo adjudicaban a mi trabajo, o a mis deberes, disculpándome así hasta de conductas absurdas.
Resulta increible que ninguno sospecha del otro, y hasta podría concluir que no les importa, pues de importarles hubiesen sido menos condescendientes y me hubieran hecho decidir: ¡O el uno o el otro! Hasta destruir la relación.
Conscientemente puedo decir que no me place esta birrelación, me parece absurda y, sin embargo, la continúo automáticamente, no me doy cuenta de haber realizado todo el procedimiento previo que supone ya estar en el lugar de nuestro encuentro. Digo que es como parpadear, como moverse bruscamente cuando algún insecto nos pica, como rascarse la cabeza, tragar, escuchar. No necesitamos una orden consciente para ello.
La gama de placeres que me brinda cada uno es muy variada. Cosas extrañas e interesantes de ambos recibo, pero me asustan análogamente: a veces uno se mueve con destello, encandilándome, y el otro murmura en un tono grave, intinteligiblemente.
Amo a cada uno en sus fundamentales diferencias. Odio a ambos en sus ideas, en su esencia. El uno, el deber, el trabajo, y en otro, el sueño, el descanso.

III
Mis manos ávidas del palpar calor sólo sienten la ausencia de quien huye y la tibieza de un lugar recién dejado. La punta de mis dedos reciben las texturas más disímiles sin novedad, pero con ansiedad de conocimiento ¡Si tan sólo tocara una piel ávida y de sedosos vellos! Pero, en su lugar, el agónico vacío.
Insisto en tocar las superficies queriendo hallar en ellas la sensibilidad de otro con objetivo semejante.
Sueño despierta hasta el insomnio, adivinando mi porvenir, quién será, si vendrá, si estará tan lleno de alegría para dar o tan vacío de ello para recibir. No entiendo, es un sentimiento necio, sin respuesta ¿Habría la providencia dispuéstolo así de manera que pueda sorprenderme? ¿Con qué?


IV
No hago sino tocar la superficie de mi alma para lastimarla con la vieja retórica del aislamiento para más aislamiento ¿Cómo puedo tocar entonces el alma de otros si carezco de miembros?


V
Mi boca se mueve y no emito sonido alguno, lo que desforma mi seriedad y expone ridículamente mi posición a otros.
Veo mis labios moverse sin mensaje alguno más que el de la autodesaprobación. Sólo transmito inseguridad aún estando en mi interior muy firme en mis convicciones.


VI
Hoy ya estoy completamente invadida por la desesperación y por insomnio, quien se ha ocupado de habitar mi cuerpo, olvidando que existen otros. Quizás resulte egoista, pero egoista es el insomnio al no alejarse y dejarme respirar.
Parece gracioso, pero a veces pienso que la gente desperdicia el tiempo durmiendo, aislándose del mundo.
Me he visto despierta yaciendo colgada de mi corbata favorita de mariposas, para encontrar descanso en algún lugar, pero temo caer en el séptimo círculo, temo que mi castigo sea, no un sueño eterno, sino la vigilia. Temo no morir para vivir como castigo.


VII
El verano más recalcitrante ha invadido mi húmedo y podrido ego, volviéndolo polvo. Una brisa caliente lo esparció por todos lados.
Hasta ahora había eso sucedido a pocos, y lograba recuperarme con pura voluntad de esperanza, pero sin sucesos que adelantasen algo sobre el buen futuro de los acontecimientos, como la sed que no se calma, pero se olvida en el camino asoleado, si conocemos dónde nos satisfaceremos.
Demorada o prontamente se puede cavilar acerca de la posibilidad que tal fuente se haya secado, y se desespera sin remedio, sin calma alguna.
¿Por qué caminar por gusto en el desierto sin cargar agua? ¿Por qué ya seguros que tal campo es totalmente seco nos arriesgamos a seguir caminando? No tiene sentido puro, pero si el llamado “sentido común”.
¿Por qué no dejar verter nuestro liquido interno y humedecer el tan hacinado desierto? ¡Humedezcámoslo! propongo ¿Por qué crear nuevos seres que lo experimenten?
Errar así es de locos y de la más grande inopia de dignidad.
No hallar el más mínimo placer celestial sin recurrir al demonio, a la gula, al ocio, a la lujuria, es contradictorio ¿realmente llegaríamos a nuestro propósito celestial y puro si en el camino no hubiesemos calmado la sed con tales diableces?
No soy ferviente cristiana, pero ya mi interés por lograr mis objetivos es nulo y actúo por inercia, como quien camina en una gran multitud: es arrastrado y sofocado por el inerte colectivo, pero continúa, como el jadeante, que debe continuar respirando aunque esté cansado de hacerlo, aunque resulte cada vez más trabajoso, aunque duela la cabeza, finalmente no se trata de dejar de respirar.


VIII
El día, porque llega despiadado, brilla en mis ojos odiosamente. Como a través de un velo blanco, vea los ásperos y vehementes movimientos exteriores. Las brillantes vocecillas femeninas, los vibrantes murmullos masculinos recibo displicentemente. No culpo a la luz del día, sino al anochecer por llegar, por hacerme conocerlos de esa forma, por sacrificarme para ver la luz.


XIX
He roto una relación, el desierto se ha humedecido.


(*) Ganador del Premio Especial del Primer Concurso de Cuentos de la División de Autodesarrollo de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de La Universidad del Zulia- LUZ. Abril de 1999.

     Este fue mi primer escrito en mi vida de producción poética, lo primero que escribí. Alguien lo leyó y me sugirió que siguiera escribiendo. Hoy me parece un poco naïf, pero es mío.

20 julio, 2017

Después de esta mañana estirada, larga hasta media tarde, convaleciente de tormentas lejanas y acordonada de lluvias y lloviznas, se corrió el telón y la mirada mía fue libre. Libre de ver el rostro sereno, profundo y genuinamente verde de la montaña con nombres.
El Ávila frente a mí; El Waraira Repano: horizonte erguido; la compañía perenne y discreta, se despierta y emerge de entre las nubes, como el sol y con él. Y yo, miniatura.