I
Con el peso de la faena diurna, cayó la noche desesperada,
triunfando sobre naranjas y cardenales matices celestiales, hasta
deslastrar su más absorvente azul marino perforado.
Sin temer, del cansancio al sueño, distintas almas se entregaron al
descanso. Bajo la luna yacían los románticos, los vigilantes, los
galenos y yo, a quien la noche mostraba su fauce más común, la más
profunda y ambiciosa, la que al final de la vigilia, intenta
despertarnos desde la ocuridad de la imaginación, desde la oscuridad
de un rincón. La que, como a una cebolla, destapa las capas de
nuestra tranquilidad hasta la desesperación, el agotamiento y el
hipnotismo; quien, como la sequia, cuartea nuestra arcillosa
integridad, desde los espacios abiertos, hasta enclaustrarnos en una
inmensa desolación; la que, en la intimidad, grita a despertar a los
ausentes.
II
No tenemos a quien acudir cuando el perfume de las sombras invade
nuestro hogar poblado de multitud de seres acostumbrados a la visita
de dos mundos: el sueño y la vigilia, que, en fin, es uno solo, pues
quien duerme, muere en la luz del día para regresar a ella sin
reparos.
No sé si jactarme de conocer los dos reales distintos mundos, la
noche y el día, pero de hecho los conozco, he estado con uno y con
otro en la intimidad ¿Podrá llamarse promiscuidad conciliar con
ambos con tanta frecuencia?
Lo que sin duda sé es que les soy fiel, soy constante. Los visito
con alegría, con pena, con tristeza, y también sin emoción alguna.
Es decir, me cito con ellos separadamente, por supuesto, en un estado
de morboso aislamiento, y nuestro encuentro entonces resulta insípido
para mí, pero creo que estos son los que más placen a ellos.
Creo que ninguno de los dos conoce mi alterno encuentro, ya que en
ciertas oportunidades, paso de la visita de uno a otro, quizás sin
dejo alguno de mal humor o cansancio, y a veces, si sucedía esto
último, se lo adjudicaban a mi trabajo, o a mis deberes,
disculpándome así hasta de conductas absurdas.
Resulta increible que ninguno sospecha del otro, y hasta podría
concluir que no les importa, pues de importarles hubiesen sido menos
condescendientes y me hubieran hecho decidir: ¡O el uno o el otro!
Hasta destruir la relación.
Conscientemente puedo decir que no me place esta birrelación, me
parece absurda y, sin embargo, la continúo automáticamente, no me
doy cuenta de haber realizado todo el procedimiento previo que supone
ya estar en el lugar de nuestro encuentro. Digo que es como
parpadear, como moverse bruscamente cuando algún insecto nos pica,
como rascarse la cabeza, tragar, escuchar. No necesitamos una orden
consciente para ello.
La gama de placeres que me brinda cada uno es muy variada. Cosas
extrañas e interesantes de ambos recibo, pero me asustan
análogamente: a veces uno se mueve con destello, encandilándome, y
el otro murmura en un tono grave, intinteligiblemente.
Amo a cada uno en sus fundamentales diferencias. Odio a ambos en sus
ideas, en su esencia. El uno, el deber, el trabajo, y en otro, el
sueño, el descanso.
III
Mis manos ávidas del palpar calor sólo sienten la ausencia de quien
huye y la tibieza de un lugar recién dejado. La punta de mis dedos
reciben las texturas más disímiles sin novedad, pero con ansiedad
de conocimiento ¡Si tan sólo tocara una piel ávida y de sedosos
vellos! Pero, en su lugar, el agónico vacío.
Insisto en tocar las superficies queriendo hallar en ellas la
sensibilidad de otro con objetivo semejante.
Sueño despierta hasta el insomnio, adivinando mi porvenir, quién
será, si vendrá, si estará tan lleno de alegría para dar o tan
vacío de ello para recibir. No entiendo, es un sentimiento necio,
sin respuesta ¿Habría la providencia dispuéstolo así de manera
que pueda sorprenderme? ¿Con qué?
IV
No hago sino tocar la superficie de mi alma para lastimarla con la
vieja retórica del aislamiento para más aislamiento ¿Cómo puedo
tocar entonces el alma de otros si carezco de miembros?
V
Mi boca se mueve y no emito sonido alguno, lo que desforma mi
seriedad y expone ridículamente mi posición a otros.
Veo mis labios moverse sin mensaje alguno más que el de la
autodesaprobación. Sólo transmito inseguridad aún estando en mi
interior muy firme en mis convicciones.
VI
Hoy ya estoy completamente invadida por la desesperación y por
insomnio, quien se ha ocupado de habitar mi cuerpo, olvidando que
existen otros. Quizás resulte egoista, pero egoista es el insomnio
al no alejarse y dejarme respirar.
Parece gracioso, pero a veces pienso que la gente desperdicia el
tiempo durmiendo, aislándose del mundo.
Me he visto despierta yaciendo colgada de mi corbata favorita de
mariposas, para encontrar descanso en algún lugar, pero temo caer en
el séptimo círculo, temo que mi castigo sea, no un sueño eterno,
sino la vigilia. Temo no morir para vivir como castigo.
VII
El verano más recalcitrante ha invadido mi húmedo y podrido ego,
volviéndolo polvo. Una brisa caliente lo esparció por todos lados.
Hasta ahora había eso sucedido a pocos, y lograba recuperarme con
pura voluntad de esperanza, pero sin sucesos que adelantasen algo
sobre el buen futuro de los acontecimientos, como la sed que no se
calma, pero se olvida en el camino asoleado, si conocemos dónde nos
satisfaceremos.
Demorada o prontamente se puede cavilar acerca de la posibilidad que
tal fuente se haya secado, y se desespera sin remedio, sin calma
alguna.
¿Por qué caminar por gusto en el desierto sin cargar agua? ¿Por
qué ya seguros que tal campo es totalmente seco nos arriesgamos a
seguir caminando? No tiene sentido puro, pero si el llamado “sentido
común”.
¿Por qué no dejar verter nuestro liquido interno y humedecer el tan
hacinado desierto? ¡Humedezcámoslo! propongo ¿Por qué crear
nuevos seres que lo experimenten?
Errar así es de locos y de la más grande inopia de dignidad.
No hallar el más mínimo placer celestial sin recurrir al demonio, a
la gula, al ocio, a la lujuria, es contradictorio ¿realmente
llegaríamos a nuestro propósito celestial y puro si en el camino no
hubiesemos calmado la sed con tales diableces?
No soy ferviente cristiana, pero ya mi interés por lograr mis
objetivos es nulo y actúo por inercia, como quien camina en una gran
multitud: es arrastrado y sofocado por el inerte colectivo, pero
continúa, como el jadeante, que debe continuar respirando aunque
esté cansado de hacerlo, aunque resulte cada vez más trabajoso,
aunque duela la cabeza, finalmente no se trata de dejar de respirar.
VIII
El día, porque llega despiadado, brilla en mis ojos odiosamente.
Como a través de un velo blanco, vea los ásperos y vehementes
movimientos exteriores. Las brillantes vocecillas femeninas, los
vibrantes murmullos masculinos recibo displicentemente. No culpo a la
luz del día, sino al anochecer por llegar, por hacerme conocerlos de
esa forma, por sacrificarme para ver la luz.
XIX
He roto una relación, el desierto se ha humedecido.
(*) Ganador del Premio Especial del Primer Concurso de Cuentos de la División de Autodesarrollo de la Facultad de Ciencias
Jurídicas y Políticas de La Universidad del Zulia- LUZ. Abril de 1999.
Este fue mi primer escrito en mi vida de producción poética, lo primero que escribí. Alguien lo leyó y me sugirió que siguiera escribiendo. Hoy me parece un poco naïf, pero es mío.
Este fue mi primer escrito en mi vida de producción poética, lo primero que escribí. Alguien lo leyó y me sugirió que siguiera escribiendo. Hoy me parece un poco naïf, pero es mío.