Temo decir tantas cosas, hacerlas. Quisiera que estuvieras aquí mirándome. Y yo, con los ojos cerrados sabiéndote espectador. Soy diva. Asi soy diva, sintiendo tu elocuencia, tus fantasías expresadas, tus maneras mimadas. Y yo, con tu aliento acariciándome, dudaría de mi existencia terrenal, te escucharía todo. Tu discurso coherente y apasionado, que termina súbitamente, cuando caes en cuenta que mi presencia posee la univocidad de tu vida. No te creo en tu ausencia actual, en tu lejanía. Tu palabra me necesita, se escucha conmigo. Tu atención es mía y quiere comprenderse en mí.
Me quieres hablar y temes, pero ven a mí, que hay un hogar en mi hombro y caricias en mi pecho plural. Ven a mi, que atesoro alegría para el año entero, que cosecho todos los días un poco mas. Que regalo el bien de mis pies viajeros con cuentos eternos sobre el lecho del mar.
Vente que mi cama es tan grande y sabe de tu ausencia.
Temo, pero tampoco se decir sobre mis emociones en vos. El miedo tampoco sabe quererte, no sabe si te quiero o me ilusiono de contradicciones. El miedo no sabe pronunciar tu nombre, pero tampoco escucharlo. Mi pecho se contrae en su sola evocación, se invita al dominio de tu energía y al contacto que protege. Se atemoriza con la proximidad de tu mención: huye arrancando un pedazo de piel del pecho. Y yo huyo toda y tropiezo conmigo siempre, más adelante.
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