Dejé de cantar hace tiempo. No me dí cuenta. Creí que todo estaba en su lugar, hasta que escuche una voz cantando mis pensamientos y no la pude reproducir. Se había enmudecido mi instinto musical, mi ímpetu, mi vehemencia, mi dolor. Y tuve miedo de hablar entonces, porque no podrìa saber si sólo pensaba desde hace tiempo.
Corrí al patio, al frente de mi casa y me senté, con los ojos muy abiertos y todo estaba claro. Con sus colores múltiples las cosas me trasmitían vida, sensación, emoción, vibración y todo corríó como un sin-fin, hablándome. Mientras el viento me acariciaba facialmente y tan humanamente alegre, sentí aquietar el dolor después de un suspiro. Una exhalación de alivio que colmó mis pulmones de paz y, volviendo a llenarse, lo hicieron del color de la contemplación de la luna. Así, en la noche, más altos, los sonidos llegaban a mí colmados de matices y desaparecían cuando me entregaba al sueño, un hondo submarino que me trae de vuelta tras recorrer las profundas cordilleras de los océanos.
Despertar luego con el sol, me trajo cálidamente a la superficie de la vigilia. Ahora entendía lo que nunca y las cosas no volvieron a ser sueños. Caminando, volví a ver lo de ayer y a escuchar lo cotidiano. Y permanecí en silencio, cantando…
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