Atravieso un silencio
pleno y diurno.
La brisa que lo recorre
trae un vuelo de zamuros
cuya meridional envergadura
lleva horas flotando,
deslizándose,
batiendo.
Más allá,
murmullos de otras aves,
animadas expresiones de vida vocal,
se acercan.
Jugaré:
no imito al viento
pero cierro los ojos cuando el ave que se aleja se vuelve punto y desaparece.
No imito a la noche,
pero cierro los ojos para quitar el velo
a la penumbra
de este bosque.
No imito al sonido,
pero aquí, dentro,
mi corazón es suave percusión
y mi respiración es roce aéreo
que transforma mi vuelo en compás.