15 octubre, 2021

Historia de amor

 

El allanamiento de un cuarto solitario es un acto audaz. El mundo entero está allí esperando para asaltar al osado; para darle espejos y quitarle soliloquios.

Esta mañana entró alguien y no me vió. Miró alrededor, curioso. Quizás porque las cosas eran, para él, familiares. Lo eran de una manera extraña, que no hallaba corriente.

Yo lo observé toda su estadía. Ya no miraba alrededor, se encontraba en el detalle, entretenido como si hubiera encontrado un baúl, un pequeño museo en su interior.

Yo permanecí acostada en mi rincón de la cama, despierta, pero mi escena era onírica. Él siguió allí. Él tomó uno de mis libros y repasó sus páginas conocidas y leyó las frases que yo subrayé. Las leía como para escucharlas. Y se tendió en el piso. Tomó el libro y lo elevó estirando los brazos, leyendo aún. En un gesto de evocación colocó el libro cerrado en su pecho y sus brazos sobre él: uno y después el otro. Y así se durmió, tomado por la espera de la memoria, confiado.

Respiraba profundo y claro. Descansaba en casa.