Buscando abrigos,
someto mis soledades a la hostilidad del viento del desierto.
La sequía y el sol saben doler cuando se les observa en retrospectiva,
pero yo les doy la espalda,
aún sola
y, a las inclemencias de la intemperie,
me entrego,
en el mar,
a navegar:
nadando la espera activa de mi destino.
Zarpo, y bajo él:
las llanuras,
las cordilleras,
los misterios,
las formas nuevas:
el silencio que vibra elocuente mucho conocimiento.
Floto,
soy superficie arrastrada con el viento
comulgo con las estrellas,
porque en la noche
el cielo y el mar son lo mismo…
y yo sólo soy lo que veo
sin orden
y sin una sola palabra,
con todo.
El sol me abraza
y soy
expectante,
la temperatura del joven estío
y la candidez de un barco de vela.
A lo alto del mástil,
mi bandera flota, y me desprendo,
agitada con el viento y las aves acompañándome,
libre y sin fronteras,
temiendo el dolor de otra transformación.
La arena de la playa se incorpora en mi piel
como su amante,
y lleno de copas,
soy un continente de deseos,
desilusiones, reveses,
y nuevas esperanzas.